martes, 3 de abril de 2012

Historia de la media sandía


La brisa del mar hacía ondear la ropa que llevaba tres días tendida en el balcón y aceptaba la invitación a entrar en el salón que ambos, desde el sofá, recostados, la cabeza de ella apoyada sobre el pecho de él, unidos con el adhesivo con que la primavera dota a los enamorados, le habían enviado a través del infinito eco de la serenidad. Yann Tiersen y su J'y suis jamais allé ejercían de maestro de ceremonias. Había una lámpara de neón multicolor como punto de luz; y una caja de pizza sin contenido en la barra americana; y un ordenador portátil sobre la mesa auxiliar que se preguntaba qué hacía encendido si el capítulo de la serie ya había terminado; y una botella de lambrusco y dos copas bajo la mesa; y varios pares de zapatos esparcidos sobre el parqué; y montones de libros a medio leer repartidos por la casa; y velas y barras de incienso a medio consumir. Ella tenía los ojos cerrados; él buscaba un hueco en el cielo donde posar su luna particular, parece media sandía, había dicho ella, y en efecto lo parecía, brillante, fresca, jugosa. Se trataba de un cielo que, aun siendo el mismo que en el resto de la ciudad, en aquel barrio, y a la altura de aquella casa, claramente se diferenciaba: las estrellas sonreían porque ni la contaminación lumínica ni la nube de polución osaban impedírselo.

Era una madrugada de domingo, una de las primeras noches de la primavera de dos mil doce, y ellos se sentían henchidos de sosiego, se les notaba en las respiraciones. Habrían podido quedarse allí hasta agotar el aire húmedo de aquel barrio de marineros que entraba a través de las puertas del balcón. A él le comenzaba a encantar el vecindario, le evocaba su ciudad natal, y el piso aún más. Recordaba la cara de ella en cuanto el casero, un francés que refulgía amabilidad, los dejó unos segundos a solas en la habitación el día que fueron a visitarlo pocos meses atrás, a mediados de noviembre. Nos lo quedamos, nos lo quedamos, le habían dicho sus labios en un susurro, sus ojos devorando el techo abovedado, pero él prefería meditarlo seriamente, aunque la decisión ya la había tomado su corazón, y no aguantó ni quince minutos, ni quinientos metros, para volver a llamar a aquel francés bonachón y decirle que sí, que se lo quedaban, que en dos días tendría la fianza, y el puente de diciembre comenzarían a llenarlo con sus vidas materiales para habitarla con la llegada del nuevo año.

La decisión de ir a vivir juntos tampoco podría haberse considerado una cuestión madurada durante meses, más bien se dejó caer sobre la mesa como la carta que tocaba jugar, al igual que, apenas tres semanas atrás, él le había pedido salir de la misma manera en que un niño de doce años, de su época, no de la actual, se lo pediría a una compañera de clase. Entre ellos, los acontecimientos se sucedían y asumían dentro de una naturalidad que rayaba la predestinación. Por eso, él, mientras ella reposaba la velada sobre su pecho en aquella madrugada de domingo de la primavera de dos mil doce, pensaba que, dentro de dos días, deberían celebrar el primer aniversario desde que, como por arte de magia, aparecieron ella y una amiga en su salón, cuando aún compartía piso, sólo doce horas después de que sus padres hubieron aterrizado en el aeropuerto para visitarlo unos días, en calidad de invitadas, si bien resultaron ser en realidad conocidas de una conocida entre tanta gente, bendita teoría la de los seis grados de separación. A partir de esa noche, la vida de él se desatascó como lo haría un desagüe atorado, y se vio inmerso en una espiral descendente, un remolino de agua que habría de conducirlo por las tuberías resecas de sus sentimientos. No sería un paseo, e incluso, a veces, tenía la sensación de avanzar en contra de la dirección marcada por el destino, sólo por llevarle la contraria y demostrar que él, ellos, tenían algo que decir en aquella relación, que no eran sujetos pasivos. No obstante, el sino seguía guiándoles por senderos bellos, senderos espinosos, senderos inexplorados. Ora se sentían dentro de una película romántica, ora dentro de un thriller psicológico voraz, pero siempre vivos. Habían consumido el último, el único, año al triple de la velocidad recomendada por los doctores del amor. Quizás hubiera habido demasiado de todo, un concentrado de emociones. Él se miraba al espejo y veía las primeras hebras blancas en su castigado cabello, cuya aparición atribuía a la irrupción de ella en su vida, pero, joder, pensaba, cuánto he deseado verme en esta situación, bienvenidas sean las canas.

Las canas no se veían en la oscuridad de aquella noche de primavera, aunque, de haberse podido identificar, tampoco se habrían tenido en cuenta. El muro de piedra que se habían propuesto derribar para alcanzar el paraíso terrenal se estaba deshaciendo casi por voluntad propia, y aquellos momentos se exprimían con intensidad lírica, como si estuvieran desnudos, a la vista de los vecinos, o tumbados sobre un lecho de flores en mitad de un prado, y a tomar por culo los malos ratos, Laia, que también nos merecemos un poco de felicidad.

Vamos a la cama, dijo ella. Bueno, yo querría leer un poco antes de dormir. Y se fueron hacia el dormitorio, Yann Tiersen dirigiendo aún la orquesta en el salón, y se acostaron, y después de leer adoptaron la misma postura pausada, sosegada, que habían adquirido en el sofá del salón, y al cabo de un rato él se levantó para despedir a los invitados que aún permanecían en la casa, la brisa marina y el maestro de ceremonias, pues ya deseaban algo de intimidad, dormir abrazados, él apoderándose de la sábana, ella del edredón, y que todos los días fueran como aquél hasta que las brumas los separasen.

12 comentarios:

  1. Hola Adrián. Muy bueno el texto. Le veo ciertas influencias del libro que tenemos como deberes esta Semana Santa. ¡Te lo digo como una alabanza!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. ¡Hola, Gloria! (coma de vocativo)
      Gracias por tu visita. Sí que tiene influencias de El corazón helado, es una especie de síndrome espejo que padezco: libro que leo, estilo que me influye en los textos que escribo.

      ¡Un abrazo!

      Eliminar
  2. José A. Garagorri4 de abril de 2012, 17:06

    Tienes una mina inagotable en tus sentimientos y en tu forma de aprehender la vida, Adrián. En éso nunca te parecerás a nadie porque eres un ejemplar único. Sólo te falta saber cual es la tecla que tienes que tocar para que la música que emita le llegue a mucha gente. Ya la encontrarás, porque ya la estás buscando.
    Un abrazo y sigue practicando.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias, maestro, sabes que tus palabras siempre serán bien recibidas, como aquella vez primera, en el andén del metro, cuando me hablaste sobre el estilo barroco de "Mi primer día de clase".

      Un abrazo.

      Eliminar
  3. Adrián, como todos tus textos, este también está impregnado de emociones y música. ¡Felicidades por tanta creatividad!
    ¡Un abrazo!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias, Percy, seguiremos intentando dar música y emoción a esto que llaman narrativa.

      ¡Un abrazo!

      Eliminar
  4. Estupendo relato. Me ha encantado el ritmo de la narración y las percepciones que emanaban de la misma. Realmente buena. Un abrazo desde tu tierra marinera.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias por tus palabras, Pepe.

      Un abrazo.

      Eliminar
  5. Está escrito con gran belleza. Tengo que felicitarte.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias, Pía. Esta historia está basada en hechos muy reales. No siempre soy sarcástico en mis escritos, a veces saco mi lado intimista.

      Un abrazo.

      Eliminar
  6. ¡¡ qué bonito, Adrián !! Me encanta!! Un besito. Vanesa

    ResponderEliminar
  7. Y ahora, des de la distancia cada vez más débil que nos separa, releo estas palabras y se me convierten en bálsamo. ¡La cuenta atrás para abrazarte!

    ResponderEliminar

Si has de decir algo, dilo ahora... o cuando puedas.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...