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miércoles, 11 de abril de 2012

Terrores adultos


La crisis caló en la dignidad de los hombres cuando impregnó sus pesadillas, y después las bragas y los calzoncillos, y comenzaron a mearse en la cama. Lavaban y tendían sábanas y pijamas a diario, y la gente paseaba por la calle, y señalaba hacia arriba, y se mofaba, ¡mira, otro meón, y otro, y otro! Pero cada vez se contaban por menos quienes señalaban, pues iba a más la cuantía de los meones. Los bancos ya no regalaban vajillas ni televisores, sino juegos de sábanas inmaculados, al alcance de unos pocos privilegiados que vendían su mísera nómina.

Al principio se sentían abochornados, pero cuando se dieron cuenta de que sus vecinos atravesaban la misma situación, lucieron con orgullo la bandera de la vergüenza, el tinte amarillento de la tela ajada, castigada por la lejía, y vagaron por las calles sin ocuparse de su higiene, hediendo a síndrome de Diógenes, orgullosos de ser unos apestados, parados y meados, indignos e indignados, la clase baja emergente.

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