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jueves, 20 de septiembre de 2012

Chaparrón


Aguantando el chaparrón

Ir al trabajo en bicicleta bajo un intenso aguacero y haber sido consciente de ello antes de salir de casa tiene algo de infantil y un poco de canalla. Rompe de pleno con el corsé de empresa, sin ser acusado de falta de higiene personal o no cumplir las normas de etiqueta, y a la vez te traslada a la época en la que el pequeño yo calzaba katiuskas y saltaba de charco en charco antes de llegar a casa. Ducha templada y comida en la mesa. Bendita inocencia.

Pero en la oficina, en lugar de esperarte tu madre con mirada severa aunque condescendiente, te recibe el látigo del jefe con una sarta de palabras de agradecimiento para ti: las modificaciones que realizaste ayer no funcionan, este proceso falla, esta tabla no existe, las cosas se deben probar, esto tenía que estar terminado hace semanas. La ropa mojada, los bajos de los pantalones salpicados de barro, antes graciosas e infantiles, ahora relucen grotescamente como andrajos. Ay, empezaste el día con mal pie...

lunes, 2 de julio de 2012

No soy español, español, español


Lo reconozco, hace cuatro años pillé una borrachera de campeonato tras la consecución de la Eurocopa de Austria y Suiza. Sin embargo, esta vez la situación se antoja radicalmente distinta y mi indignación ha dicho ya está bien. Digamos que he madurado y superado la prueba: ha terminado la Eurocopa y no he visto un solo partido, es más, ni siquiera sé qué jugadores fueron convocados por Vicente del Bosque. En realidad, no es más que una cuestión de principios, pues, si me siento disconforme con la burbuja futbolística, tendré que ser consecuente con mis ideas. Y es que, mientras el combinado nacional luchaba en los despachos por poder guardar un minuto de silencio al inicio de los partidos y rendir homenaje a un compañero fallecido —un bello gesto, desde luego—, nosotros, los ciudadanos, deberíamos haber guardado un minuto de silencio al final de la final, y dejar tanta trompeta, y dejar tanta algarabía, coño: un minuto de silencio por los trescientos mil euros limpios que ganará cada uno de los futbolistas, incluso los que no han tocado balón; un minuto de silencio por los millones de parados; un minuto de silencio por los recortes en derechos ciudadanos; un minuto de silencio por el sometimiento que nos imponen los mercados; un minuto de silencio por tanta corrupción consentida; un minuto de silencio por los copagos, repagos, tarifazos y subidas de luz, agua y pan; un minuto de silencio por la prepotencia, incompetencia y oscurantismo de nuestros mandatarios; un minuto de silencio por las generaciones conformistas; un minuto de silencio por las banderas nazis que salen a la calle, cada vez con más fuerza; un minuto de silencio por el vandalismo en que desembocan estas celebraciones.

miércoles, 23 de mayo de 2012

Los nuevos vecinos


Llega al portal de su edificio. Sobre la espalda carga en bandolera una bolsa de comida y el peso de la jornada laboral. En su cabeza, las ganas de repantigarse en el sofá, hacer unas palomitas y beber vino mientras ve una serie con su novia. Cuando va a introducir la llave en la cerradura, comprueba que la puerta se encuentra abierta. Entra, la cierra y enciende la luz. La finca data del año mil novecientos, se percibe en las angostas escaleras y la escasa altura del techo de la entrada. Apenas ha llegado al rellano de la primera planta le golpea un intenso olor a queso, o lo que cree que es queso. Oye un sonido de bolsas, pero no escucha pasos de vecino. Sube dos escalones más y se topa con una mujer mayor: tez sucia, pelo enmarañado, pijama, bolsa con dos barras de pan, una manta enrollada en un brazo. Buenas noches, saluda educadamente ella, Buenas noches, responde él. No se miran. Ella desciende las escaleras de forma silenciosa; él asciende del mismo modo. Después no oye que la mujer haya abierto la puerta de la calle. Recuerda que dos días atrás le había llamado la atención una hoja pegada en la pared junto a los buzones, escrita por algún vecino: por favor, cerrar la puerta porque entran indigentes y lo llenan todo de mierda. Hoy no la ha visto. Por dentro percibe el choque contradictorio de dos sensaciones: asegurarse de que el portal esté cerrado y, si encuentra a la mujer, invitarla de forma diplomática a que se vaya para evitar problemas; o bien dejarla tranquila, que tampoco hace daño y suficientes tribulaciones tiene ya.

jueves, 3 de mayo de 2012

Cuento de azadas


(Este microrrelato pertenece a la tercera jornada de la Primavera de microrrelatos indignados, convocatoria propuesta por Explorando Lilliput y La colina naranja. En estos dos blogs se pueden leer los textos de los demás indignados)

La tasa de paro finalmente desplegó las alas y alcanzó el ciento por cien. Su aliento prendió los lindes del reino y éste quedó aislado del resto del mundo.

Los políticos, que no contaban ni como empleados ni como desempleados, se remangaron las enaguas, abandonaron su palacio y corrieron a refugiarse en las torres de los señores banqueros.

Los hombres, ante la llegada del reinado de las tinieblas, migraron de la ciudad al campo. Regresaron a los caseríos de sus antepasados y retomaron las labores de agricultura y ganadería. Entonces se dieron cuenta de que no necesitaban estar conectados a la mente enjambre de la metrópoli. Lo percibieron en sus labios, cuyo tacto no reflejaban rastro alguno de la sequedad que provocaba el ritmo militar del capitalismo.

Y durmieron a la sombra de un almendro; y perdieron el tono cetrino de sus pieles; y cada gota de sudor que caía de sus frentes, resbalaba por la nariz y se posaba sobre sus labios les suponía un triunfo, porque el beneficio de aquella labor repercutía sólo en ellos; y cada vez que cagaban bajo la luz del Lorenzo olvidaban una estúpida noción de economía; y fueron felices y comieron perdices, y tomates que sabían a tomate, y lechugas que sabían a lechuga.

domingo, 29 de abril de 2012

La gallina de los huevos de oro


La sala no era muy amplia, apenas unas cuantas sillas apelotonadas alrededor de una mesa cubierta de magacines, ocupadas por otros como él, pero el hombre no necesitaba mucho espacio. Aquella era su enésima concertación de entrevista y su cuerpo parecía haber ido menguando conforme desfilaba ante ejecutivos encorbatados que le tendían la mano, la cual seguramente no se habría lavado después de haber ido al cuarto de baño, y le escupían displicentes ya le llamaremos.

—¿Miguel Campoviejo? —dijo el candidato que salía tras atravesar un largo pasillo—. Te toca.

Se levantó cansino al tiempo que sostenía con firmeza su bolso, raído por el uso excesivo, por los eternos viajes del metro al bus, y del bus al metro, en busca de un trabajo, no ya digno, sino, sencillamente, trabajo, que, al fin y al cabo, no lo dignificaría, porque la dignidad hacía tiempo que la había perdido, al igual que todos sus conciudadanos, al menos, los de a pie, los del transporte público y la bicicleta, los de la fiambrera y los macarrones congelados.

miércoles, 18 de abril de 2012

Su Majestad el Chocho


Ya le dieron el alta al Rey. ¡Ya podemos volver a ser monárquicos! Si es que en realidad es buena persona. El hombre, tirando de improvisación —¿acaso alguien duda de su sinceridad?— se ha disculpado ante los medios de comunicación ayudado por dos muletas, como un ciudadano cualquiera. Ha dicho que está deseando recuperar la actividad, tanto, que a buen seguro tomará cartas en la crisis de Repsol. Con su talante y su buena mano para las relaciones internacionales, en un par de días disfrutaremos de barriles de crudo a precio de coste, ocho mil millones de euros a repartir entre los pobres y bolsas de supermercado gratis.

miércoles, 11 de abril de 2012

Terrores adultos


La crisis caló en la dignidad de los hombres cuando impregnó sus pesadillas, y después las bragas y los calzoncillos, y comenzaron a mearse en la cama. Lavaban y tendían sábanas y pijamas a diario, y la gente paseaba por la calle, y señalaba hacia arriba, y se mofaba, ¡mira, otro meón, y otro, y otro! Pero cada vez se contaban por menos quienes señalaban, pues iba a más la cuantía de los meones. Los bancos ya no regalaban vajillas ni televisores, sino juegos de sábanas inmaculados, al alcance de unos pocos privilegiados que vendían su mísera nómina.

Al principio se sentían abochornados, pero cuando se dieron cuenta de que sus vecinos atravesaban la misma situación, lucieron con orgullo la bandera de la vergüenza, el tinte amarillento de la tela ajada, castigada por la lejía, y vagaron por las calles sin ocuparse de su higiene, hediendo a síndrome de Diógenes, orgullosos de ser unos apestados, parados y meados, indignos e indignados, la clase baja emergente.

viernes, 30 de marzo de 2012

Resaca


Vuelvo al trabajo un día después. Y todo sigue igual. Uno se queda con la sensación de haber perdido un día de sueldo en lugar de haber ganado un día de libertad de expresión, de haber sembrado una pequeña semilla para el cambio. Sí, todo seguirá igual. De la misma manera que tras unas elecciones, los grupos de trabajo se convierten en mentideros políticos donde caben todo tipo de opiniones. Es necesaria un poco de violencia, no, lo que se necesita es que se hagan más huelgas, una detrás de otra, y entonces sí que afectará, qué dices, lo que es necesario es liberarse del corsé protocolario y legal a que está sometido nuestro derecho a huelga. Pero todo sigue igual. La fuerza se nos va por la boca y acabamos agachando la cabeza para que nos coloquen el yugo. Más de uno que estuvo en las movilizaciones del 15M, pastillas de indignación efervescente disueltas en el vaso del tiempo, ahora tiene trabajo y ha hecho oídos sordos al clamor de una mayoría absoluta del pueblo, sus compañeros. Los intereses propios sobre los comunitarios.

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