(Este microrrelato pertenece a la tercera jornada de la Primavera de microrrelatos indignados, convocatoria propuesta por Explorando Lilliput y La colina naranja. En estos dos blogs se pueden leer los textos de los demás indignados)
La tasa de paro finalmente desplegó las alas y alcanzó el ciento por cien. Su aliento prendió los lindes del reino y éste quedó aislado del resto del mundo.
Los políticos, que no contaban ni como empleados ni como desempleados, se remangaron las enaguas, abandonaron su palacio y corrieron a refugiarse en las torres de los señores banqueros.
Los hombres, ante la llegada del reinado de las tinieblas, migraron de la ciudad al campo. Regresaron a los caseríos de sus antepasados y retomaron las labores de agricultura y ganadería. Entonces se dieron cuenta de que no necesitaban estar conectados a la mente enjambre de la metrópoli. Lo percibieron en sus labios, cuyo tacto no reflejaban rastro alguno de la sequedad que provocaba el ritmo militar del capitalismo.
Y durmieron a la sombra de un almendro; y perdieron el tono cetrino de sus pieles; y cada gota de sudor que caía de sus frentes, resbalaba por la nariz y se posaba sobre sus labios les suponía un triunfo, porque el beneficio de aquella labor repercutía sólo en ellos; y cada vez que cagaban bajo la luz del Lorenzo olvidaban una estúpida noción de economía; y fueron felices y comieron perdices, y tomates que sabían a tomate, y lechugas que sabían a lechuga.


