Ni el frío viento del norte quería perderse la celebración. Se escurría por entre las laderas de las montañas gemelas que, imponentes, velaban el valle. Abajo, en la cañada, Dragonville aún se hallaba sumida en un sueño neblinoso. Los primeros rayos de la alborada peinaban el perfil de las montañas. Desde tiempos inmemoriales, un dragón hibernaba dentro de una de ellas, y en la otra lo hacía su tesoro. En todo el reino se decía que las montañas siempre habían estado allí, vigilando el valle, pero que el dragón había existido incluso antes que ellas.
Tampoco el río quería faltar a la cita. Venía desde muy lejos. Trazaba su cauce por el costado de la montaña del tesoro, donde se le unían las aguas de escorrentía, y descendía en torrente acompañado por bancos de truchas. Dejaba atrás las inexploradas cuevas de los duendes; cortaba en dos el bosque de los lobos, donde algunos osos noctámbulos paseaban por su ribera en busca de peces; se convertía en subterráneo bajo la casa encantada, donde se decía que residía el espíritu de una hechicera; bordeaba el cementerio y el prado de las ánimas; continuaba hasta circular por debajo del puente de acceso a la ciudad y, una vez lo sobrepasaba, ni su fuerza ni su caudal parecían los mismos. Aún así, un molino de agua sobresalía de las murallas de la ciudad y aprovechaba el ímpetu que le restaba al río.
