Existe una librería en mitad del camino de baldosas grises. No es una librería corriente, pues, para empezar, no hay dependientes y los libros no se compran. Además, no existen libros disponibles en tantas otras, se trata de un lugar donde cada libro es único y a cada cual le corresponde el suyo. Rara vez se te aparece la puerta de acceso, pero no dudes que, si te brinda la oportunidad, debes entrar y dejarte llevar por el tacto de los libros usados, de páginas amarillentas y aroma a humedad, encuadernaciones precarias, manchas de café y esquinas dobladas. Permite que el sentido que en numerosas ocasiones te eriza el vello sea quien elija en tu lugar.
viernes, 29 de julio de 2011
miércoles, 22 de junio de 2011
Casiopea
Un montón de chatarra se agita entre una cantidad inmensa de basura. Por aquel lugar, un inmenso estercolero con montañas de basura en mitad de un infinito terreno yermo, no resulta común ver semejante hecho, dado que lo único que por allí se mueve suele ser el camión de reciclaje y sus ingentes toneladas de aparatos obsoletos que otrora vivieron tiempos mejores, si el verbo vivir, como ya ha quedado claro, puede ser aplicado a un montón de chatarra. Lo cierto es que dicha chatarra se mueve, y además parece nerviosa. En ella se intuye una bombilla cuya tímida luz parpadea a intervalos.
martes, 7 de junio de 2011
Politicosis
Sucedió que se extendió una nueva enfermedad a la que los epidemiólogos bautizaron como politicosis. A raíz de la misma, en la comarca se formó un auténtico escándalo, pues quienes se aquejaban de tan peligroso síndrome eran ni más ni menos que los más excelsos vecinos, gobernantes de confianza, de toda la vida. La mayoría silenciosa, los no infectados, se dejaron invadir por el pánico y enseguida tomaron cartas en el asunto, organizaron un levantamiento espontáneo y declararon en cuarentena el Ayuntamiento, sellando sus puertas para no dejar salir a nadie. Al cabo de los días, los enfermos, enajenados por su mal, comenzaron a arrojarse desde las ventanas y los desafortunados que sobrevivieron a la caída tuvieron que huir hacia un lugar donde fuesen admitidos. Al parecer la mayoría emigró a la Metrópoli, donde quizás encontraron a muchos como ellos, pero de entre los supervivientes hubo un único hombre que decidió ponerse bajo tratamiento. El médico de la comarca le aconsejó que se fuera distanciando de las prácticas políticas de forma gradual, pues el síndrome de abstinencia provocado por la interrupción de la actividad tendría efectos devastadores en su psique. Asimismo, le recetó trabajos sociales como medicación para combatir los síntomas.
domingo, 5 de junio de 2011
Campos de cultivo
El niño recorrió en pañales las calles del barrio musulmán, un arrabal de la metrópoli, salió de él y continuó decididamente hasta una vía de escape en la frontera, era demasiado joven para entender de normas. En ningún momento había aflojado la presión inconsciente con que aferraba el maletín, como si contuviera el último botín de su civilización.
Prosiguió con su incierto itinerario a través de un embaldosado gris, a cuyos lados se extendían brunas planicies sin más decorado que interminables surcos de tierra removida, y cuando ya no pudo dar un paso más se sentó en la linde del camino y volvió a abrir el maletín con curiosidad gatuna. Sus dedos rollizos exploraron más detenidamente y descubrieron un doble fondo donde se ocultaba un pequeño sobre con la inscripción "anti alopecia". Dentro del mismo reposaban unas cuantas píldoras diminutas, imaginó que eran semillas y se puso a jugar a los granjeros, las enterró en el suelo, siguiendo los surcos del terreno arado pero aún por cultivar, cual si fuesen la simiente de un vegetal, y cuando hubo terminado con ellas cayó dormido allí mismo, exhausto.
martes, 31 de mayo de 2011
Despertar entre el barro
No podía calcular cuánto tiempo había permanecido boca abajo, saboreando el barro. Solo recordaba una densa oscuridad, no la generada por la ausencia de luz, que la había, sino la provocada por la certeza de haber perdido el rumbo en una efímera y torpe batida de alas. A su mente logró traer de regreso las causas de aquella posición tan comprometida. Una larga caída después de haber posado los pies en el vacío que llenaba un abismo. Y una gran explosión, y palomas muertas, y ataúdes vacíos flotando en la lava. Y algo más lejano, una luctuosa celda. Tras él, una pared interminable rasgaba las nubes de un cielo que se le venía encima.
viernes, 29 de abril de 2011
Agente Esfínter
Un sonoro pedo retumbó sobre el alicatado verde de las paredes y entonces se sumió en un profundo relax. Nunca había sido un asiduo de los servicios públicos, empero en cuanto lo concibió como una manera de imputar horas provechosamente vacuas, tuvo que reconocer la utilidad de los mismos y decidió entrar en el mundo de los esfínteres ufanos.
La vergüenza aún lo reprimía, prefería entrar en el servicio cuando no hubiese nadie, ídem para salir del mismo. De este modo, comportándose con discreción, se había convertido en el fantasma del cuarto de baño, una presencia incorpórea e inescrutable para los mondongos inquietos. En realidad, la consecución de la obra no le suponía más de cinco minutos, pero él decidía prolongar el proceso hasta los veinte, a veces treinta. El motivo no era otro que espiar sonidos y conversaciones ajenas para absorber chismes y asuntos más serios mientras registraba todo en su cuaderno de campo camuflado entre las fibras de celulosa de un rollo de papel higiénico. Así, afinando el oído a diario, estaba elaborando un minucioso estudio estadístico acerca de los hábitos de sus compañeros de trabajo.
jueves, 10 de marzo de 2011
Inadvertido
En cuanto recuperó la consciencia fue invadido por una desagradable sensación de cálida humedad entre sus piernas. Se había orinado encima. Estaba tirado en mitad de una calle que no conocía, y la tumultuosa multitud de transeúntes pasaba por su lado con total indiferencia, parecía no reparar en él. Analizó extrañado su vestimenta, un traje de chaqueta completamente impecable, salvo por aquella molesta mancha en la entrepierna y las muchas tallas que le sobraban de largo. Entonces se percató de que él no vestía como lo demás, la gente iba ataviada con túnicas y turbantes. La calle la plagaban puestos ambulantes cuyos toldos agujereados permitían el ascenso de los humos de las cachimbas y los asados de cordero. A su lado encontró un maletín abierto. Hurgó dentro de él y lo único que halló fue una nota: